domingo, 12 de febrero de 2017

¿Cuál es el tamaño de las estrellas? [vídeo]


No me canso de ver estos vídeos que ayudan a hacerse una idea de las descomunales dimensiones de los objetos celestes de nuestro universo. En esta ocasión, el vídeo ha sido realizado por el Observatorio Europeo Austral (ESO, de sus siglas en inglés) y repasa en menos de dos minutos el tamaño de las estrellas, empezando por nuestro planeta como referencia y terminando por la estrella hipergigante roja VY Canis Majoris, cuyo diámetro aproximado mide la friolera de 2.000 millones de kilómetros. 

Como solía decir el gran Carl Sagan, la astronomía es una lección de humildad. 


martes, 7 de febrero de 2017

Vesto Slipher (II): Una vida en el Observatorio Lowell

(Puedes leer la primera parte de su biografía en este enlace)

Percival Lowell explora el universo con su telescopio | Fuente

Cuando Slipher llegó al Observatorio Lowell en 1901, la prioridad del excéntrico millonario era la investigación planetaria. Solo si el tiempo y las circunstancias se lo permitían, Slipher podría dedicarse a sus propias investigaciones, como el estudio de las velocidades de rotación de las nebulosas espirales que ya vimos en la entrada anterior. Lo cierto es que ambos formaron un equipo formidable: Lowell era brillante, impulsivo, con una personalidad arrolladora; Slipher era reflexivo, meticuloso y contaba con un gran conocimiento técnico. Lowell sabía lo que quería y Slipher se lo proporcionaba. Siguiendo sus directrices, Slipher realizó importantes descubrimientos sobre los planetas del sistema solar y el espacio interestelar. Y jugó un papel fundamental en el descubrimiento de Plutón, considerado entonces el noveno planeta del sistema solar.

Una de las primeras tareas asignadas por Lowell fue la determinación del periodo de rotación de Venus. En aquella época, la opinión general era que Venus tardaba alrededor de 23 horas en completar una vuelta alrededor de sí mismo, tomando como referencia unas tenues sombras en la capa de nubes que envuelve al planeta. El primero en medir así el periodo de rotación fue el astrónomo italiano Giovanni Cassini, allá por 1666. Slipher empezó a trabajar en el tema a finales de 1902 y, unos meses más tarde, ya había obtenido varios espectros de Venus que descartaban un periodo de rotación corto, puesto que “un giro tan rápido de 24 horas no habría escapado a la detección”. El cauteloso Slipher dejó ahí el tema; habría que esperar a principios de la década de 1960 para confirmar que el periodo de rotación de Venus es de 243 días. (Curiosamente, Venus tarda 225 días en completar una vuelta alrededor del Sol. Es decir, un 'díaen Venus es más largo que un 'año'.)

Venus, visto por la sonda Mariner 10 en 1974 | Fuente

Venus no fue el único planeta del que obtuvo el periodo de rotación. También en 1903 fue capaz de medir con el espectrógrafo el periodo de rotación de Marte, obteniendo un valor de 25 h 35 min. O, como él mismo admitió, “una hora más que el verdadero periodo”, puesto que desde los tiempos de Christiaan Huygens se sabe que el periodo de rotación de Marte es de 24 h 39 min. En 1911 fue el primer astrónomo en medir el periodo de rotación de Urano, aunque el resultado en esta ocasión no fue demasiado bueno: obtuvo un periodo de 10 h 50 min, cuando el valor aceptado actualmente es 17 h 14 min. Neptuno, en cambio, se resistió a su espectrógrafo, y tras varios intentos en 1912, 1913 y 1921, sus resultados fueron inconcluyentes.

Slipher acometió otros estudios espectrográficos de los planetas exteriores (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno). Ya en 1907 había obtenido los espectros de estos cuatro planetas, en los que detectó varias líneas espectrales que no fue capaz de identificar. Habría que esperar a 1931 para que el astrónomo Rupert Wildt confirmara que algunas de estas líneas se debían al metano y amoniaco presente en la atmósfera de estos planetas. A petición de Lowell, nuestro astrónomo buscó la presencia de clorofila en Marte, con un resultado negativo que han confirmado investigaciones posteriores.

Los espectros de los planetas exteriores obtenidos por Slipher | Fuente

En 1908 Wilbur Cogshall, el profesor que le recomendó a Lowell, se puso en contacto con Slipher para anunciarle que la Universidad de Indiana podía concederle el doctorado por sus investigaciones en el Observatorio Lowell. Slipher envió el que consideraba hasta entonces “su mejor trabajo con diferencia”, un artículo sobre los espectros de los planetas a modo de tesis. Un año más tarde, Slipher recibió su doctorado sin necesidad de haberse matriculado de nuevo o realizado curso alguno.

Otros importantes descubrimientos de este periodo están relacionados con el espacio estelar. En 1909, tras obtener el espectro de varias estrellas binarias en diversas constelaciones, Slipher se dio cuenta de que las líneas correspondientes al calcio se mantenían estacionarias, mientras que las pertenecientes a otros elementos se desplazaban debido a la rotación de las estrellas. Esto solo podía significar la existencia de calcio en el espacio interestelar, una hipótesis que ya había lanzado el astrónomo alemán Johannes Hartmann en 1904. El problema de Hartmann es que lo publicó en una oscura revista y nunca reivindicó luego su descubrimiento. Cuatro años más tarde, el astrónomo holandés Jacobus Kapteyn sugirió de forma independiente que el espacio interestelar contenía grandes cantidades de gas y predecía que este gas produce lo que llamó “líneas espaciales”, independientes del movimiento de rotación de las propias estrellas. El descubrimiento de Slipher confirmó esta hipótesis.

En 1912, Slipher fijó su atención en el cúmulo de las Pléyades. Allí encontró el espectro de una nube alrededor de la estrella Merope, que resultó ser igual que el de la estrella. Esto podía explicarse asumiendo que “la nebulosa es materia desintegrada parecida a lo que conocemos en el sistema solar, en los anillos de Saturno, cometas, etc. y brilla al reflejar la luz de la estrella.” Slipher había descubierto un nuevo tipo de nebulosas, las nebulosas de reflexión, nubes de polvo que reflejan la luz procedente de una o más estrellas cercanas.


IC 4592, la nebulosa Cabeza de Caballo | Fuente

En 1906, Lowell afirmó que un planeta desconocido, además de Neptuno, provocaba anomalías en la órbita de Urano; Lowel lo bautizó como planeta X. El millonario organizó una intensa búsqueda que, sin embargo, no dio sus frutos y se detuvo con su muerte en 1916. Más de una década después, en 1929, Slipher, por aquel entonces ya director del observatorio, retomó la búsqueda del planeta X y contrató a Clyde Tombaugh, un joven asistente de laboratorio de 24 años. Tombaugh realizó grupos de fotografía del plano del sistema solar -la eclíptica- con una separación de uno a dos semanas y buscó algo que se moviese sobre el fondo de estrellas. Este proceso sistemático obtuvo sus frutos el 18 de febrero de 1930 y confirmó que Plutón se encontraba en una posición cercana a la prevista por Lowell. Aunque Tombaugh creyó haber encontrado por fin el planeta X, la realidad es que Plutón es demasiado pequeño para tener alguna influencia sobre Urano. Décadas después, la sonda espacial Voyager 2 corrigió el cálculo de la masa de Neptuno, eliminando la necesidad del misterioso planeta X. 


Clyde Toumbagh, en faena | Fuente

Después de la muerte de Lowell en 1916, Slipher continuó realizando observaciones espectroscópicas de planetas, cometas, auroras y el cielo nocturno. Dirigió el Observatorio Lowell desde 1926 hasta 1954, donde su mayor éxito fue mantener el observatorio en marcha a pesar de la falta de presupuesto y de personal. Sin embargo, hizo poca ciencia en sus últimas décadas de vida, dedicando su tiempo y energía a la gestión del observatorio y de sus propios negocios. Se retiró el día de su 79 cumpleaños, el 11 de noviembre de 1954. Slipher siguió viviendo en Flagstaff hasta su muerte el 8 de noviembre de 1969, tres días antes de haber cumplido 94 años.


Slipher, con su sucesor Albert G. Wilson, el día de su jubilación | Fuente

Aunque recibió varios prestigiosos premios durante su vida, se puede decir que la figura de Slipher siempre ha estado infravalorada. La prematura muerte de Lowell afectó a su trabajo, pues él mismo carecía de la imaginación para innovar y necesitaba la guía de Lowell. También limitó el presupuesto del observatorio, e impidió la compra de nuevo material con el que competir con los observatorios de California (Monte Wilson y Lick). Edwin Hubble se olvidó de él en su artículo seminal de 1929 donde demostró una relación entre las distancias de las galaxias y su corrimiento al rojo (la hoy famosa ley de Hubble). A todo esto hay que sumar la naturaleza modesta y reservada del propio Slipher. Fue él mismo quien otorgó todo el crédito del descubrimiento de Plutón a su joven asistente; seguramente en otro observatorio más grande las cosas se hubiesen hecho de otra manera. 

Como botón de muestra basta leer el triste obituario (por lo breve) que le dedicó la revista Physics Today en 1970, con pequeño gazapo incluido:

Vesto M. Slipher, director del Observatorio Lowell hasta 1952 [sic], murió el 8 de noviembre a los 93 años. Slipher estuvo en el observatorio desde 1901 y se convirtió en director en 1926. Supervisó el trabajo que llevó al descubrimiento en 1930 de Plutón. Entre los honores recibidos por Slipher destacan el Premio Lalande y la medalla de oro de la Academia de Ciencias de París (1919), la Medalla Draper de la Academia Nacional de Ciencias (1932) y la medalla de oro de la Royal Astronomical Society (1932).

Sin duda, Vesto Slipher se merecía más que eso.

BIBLIOGRAFÍA:

  1. Kragh, Helge. Historia de la cosmología. Crítica, 2008.
  2. Sánchez Ron, José Manuel. El mundo después de la revolución. Pasado & Presente, 2014.
  3. Sing, Simon. Big Bang. Biblioteca Buridán, 2015.
  4. Hoyt, William Graves. Vesto Melvin Slipher 1875-1969. National Academy of Science, 1980.
  5. Tenn, Joseph S. What else did V. M. Slipher do? ASP Conf. Ser. 471 (2013) 235.


lunes, 30 de enero de 2017

Vesto Slipher (I): La expansión del universo

Vesto Slipher, en 1909 | Fuente

Vesto Melvin Slipher nació el 11 de noviembre de 1875 en una granja de Mulberry, Indiana. Poco es lo que sabemos sobre su infancia y juventud, salvo que creció fuerte y vigoroso. Se licenció primero en una escuela secundaria en Francfort, Indiana y más tarde en la universidad de Indiana, donde recibió un título de grado en mecánica y astronomía en 1901, un título de máster en 1903 y un doctorado en 1909.

En 1901, uno de sus profesores de la universidad le recomendó a Percival Lowell, el excéntrico millonario que había construido, pagado de su propio bolsillo, un observatorio en la localidad de Flagstaff, Arizona. Su principal objetivo era encontrar pruebas de la existencia de vida en Marte, algo que él daba por seguro. Sin mucho entusiasmo, Lowell accedió a contratar a Slipher como su asistente. Sus funciones incluían encargarse del huerto de Lowell mientras él estuviera ausente (algo habitual pues solía acudir a Boston por temas de negocios), además de cuidar a Venus, la vaca del observatorio, y sus terneros. Nadie hubiese apostado entonces que pasaría más de cincuenta años trabajando en aquel observatorio.

Lowell y Slipher, juntos en el centro de este grupo en 1905 | Fuente

Al poco de empezar, llegó al observatorio un espectrógrafo encargado por Lowell, quien asignó a Slipher la tarea de montarlo en el telescopio y aprender a usarlo. Este aparato permitía estudiar las líneas espectrales en la luz procedente de las estrellas y otros objetos celestes. Estas líneas espectrales son las huellas que los distintos elementos químicos dejan en la luz durante su camino hasta la Tierra, en forma de líneas oscuras a determinadas longitudes de onda. Si la fuente de luz se mueve con respecto al observador, la longitud de onda registrada se desplaza hacia longitudes de onda mayores (más rojas) en el caso de que el objeto se aleje del observador, y a longitudes de onda menores (más azules) si el objeto se aproxima al observador. Midiendo este desplazamiento, se puede calcular la velocidad de una fuente de luz con respecto al observador.

Desplazamiento al rojo de las longitudes de onda | Fuente

A principios del siglo XX, uno de los temas candentes entre la comunidad científica era la naturaleza de las llamadas nebulosas espirales. Hasta entonces, los telescopios no habían sido capaces de revelar muchos detalles acerca de su estructura interna. A simple vista parecían nubes de polvo y gas, pero su luz tenía características similares a la de las estrellas, aunque no se apreciaba la existencia de ninguna. Los astrónomos estaban desconcertados. Algunos pensaban que eran vastas agregaciones de estrellas, situadas más allá de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Otros creían que eran sistemas planetarios en formación.

En 1909, Slipher ya era un experto en el manejo del espectrógrafo cuando fijó su atención en las nebulosas espirales; una de las primeras fue M31, la nebulosa de Andrómeda. Su luz era tan tenue que tuvo que aumentar la sensibilidad del espectrógrafo a costa de reducir el tamaño de la placa fotográfica al de la uña de un pulgar, lo que le obligaba a usar un microscopio para analizarlo. Entre noviembre y diciembre de 1912, Slipher realizó varias observaciones tras las que llegó a una conclusión extraordinaria: la luz de Andrómeda estaba desplazada hacia el extremo azul del espectro y, según sus cálculos, ¡se estaba acercando a nosotros a 300 kilómetros por segundo! Era una velocidad enorme, diez veces superior a la media de las estrellas de nuestra galaxia. Tanto que el propio Slipher dudó del resultado.

Andrómeda en todo su esplendor | Fuente

Lowel animó a Slipher a que observara más nebulosas espirales. La siguiente fue la nebulosa del Sombrero (NGC 4594), en la constelación de Virgo. En este caso, Slipher obtuvo una velocidad todavía mayor, 1.000 km por segundo, pero en dirección contraria a nosotros. Con el paso de los meses empezó a acumular datos de otras nebulosas espirales. A mediados de 1914 se estaba empezando a manifestar una tendencia: la mayor parte de las nebulosas se alejaban de nosotros, no se acercaban. Andrómeda era una notable excepción. Había otra conclusión igual de sorprendente: las enormes velocidades de las nebulosas implicaban que estas no podían pertenecer a la Vía Láctea, ya que el campo gravitatorio de nuestra galaxia sería incapaz de retenerlas.

En la decimoséptima reunión de la American Astronomical Society celebrada del 25 al 28 de agosto de 1914 en la Universidad Northwestern, Slipher presentó los resultados obtenidos durante varios años de intenso trabajo, en los que había medido las velocidades de 15 nebulosas espirales. La velocidad media que había encontrado era de 400 kilómetros por segundo; solo tres de las nebulosas se aproximaban; el resto se alejaban. Las extraordinarias noticias de Slipher pusieron en pie a los asistentes, entre ellos figuras consagradas de la astrofísica como H. N. Russell, E. C. Pickering o George C. Comstock. Entre el público, un joven astrónomo quedó especialmente impresionado por aquellos resultados; se llamaba Edwin Hubble

Algunos de los asistentes a la 17ª reunión de la AAS | Fuente

Slipher siguió acumulando datos y, en 1917, tenía los espectros correspondientes a veinticinco nebulosas espirales. Sus datos revelaban que tres sistemas pequeños y Andrómeda (todos ellos objetos relativamente cercanos) se estaban acercando a la Vía Láctea, y 21 objetos más distantes se estaban alejando de ella. En 1921 añadió otras trece espirales a su lista de velocidades. Entre ellas estaba NGC 584, en la constelación de Cetus, que se alejaba a la increíble velocidad de 1.800 kilómetros por segundo, convirtiéndose en el objeto celeste más rápido descubierto hasta ese momento. Para entonces, Slipher ya estaba convencido de que las nebulosas espirales eran los universos-isla de Kant, situados más allá de la Vía Láctea; y esta no sería más que otra nebulosa espiral que nosotros vemos desde dentro.

Hoy sabemos que los datos obtenidos por Slipher suponían las primeras pruebas de la expansión del universo. Las nebulosas espirales -en realidad galaxias- no solo se alejan de nosotros, sino que se apartan unas de otras, debido a que el propio espacio se expande. En el caso particular de Andrómeda y las otras galaxias que se aproximan a nosotros, lo que ocurre es que se encuentran muy cerca de nuestra Vía Láctea y ahí predomina la fuerza de la gravedad, que las atrae.

Lo cierto es que en la década de 1910, el mundo no estaba preparado para el descubrimiento de Slipher. Albert Einstein acababa de publicar su relatividad general, y hasta 1919 no recibió un respaldo definitivo tras el famoso eclipse que verificó las predicciones de su teoría. Eso sí, algunos ya intuyeron la importancia de los datos recopilados por Slipher, aunque no supieron ver por qué. Sir Arthur Eddington incluyó estos resultados en su libro The Mathematical Theory of Relativity (1923), donde afirmaba que "uno de los problemas más sorprendentes de la cosmogonía es la gran velocidad de las nebulosas espirales".

Hubo que esperar a que Edwin Hubble combinara las velocidades de las nebulosas espirales con las distancias a cada una de ellas ("tus velocidades y mis distancias", como le diría Hubble a Slipher en una carta de 1953) para realizar uno de los grandes descubrimientos científicos del siglo XX: la expansión del universo. El propio Hubble reconoció el mérito de Slipher al afirmar que "los primeros pasos en un nuevo campo son los más difíciles y los más significativos. Una vez que se supera la barrera, el desarrollo posterior es relativamente sencillo".

Edwin Hubble, en 1931 | Fuente
BIBLIOGRAFÍA:
  1. Kragh, Helge. Historia de la cosmología. Crítica, 2008.
  2. Ostriker, Jeremiah P. y Mitton, Simon. El corazón de las tiniebas. Pasado & Presente, 2014.
  3. Sánchez Ron, José Manuel. El mundo después de la revolución. Pasado & Presente, 2014.
  4. Sing, Simon. Big Bang. Biblioteca Buridán, 2015.




lunes, 23 de enero de 2017

Mi consejo a Donald Trump

Robert R. Wilson (1914-2000) | Fuente

En 1967, el físico estadounidense Robert R. Wilson se convirtió en el primer director del National Accelerator Laboratory, conocido después como Fermi National Accelerator Laboratory (o Fermilab), cerca de Batavia, Illinois. Dos años más tarde, el 17 de abril de 1969, Wilson fue convocado ante el Congreso para justificar el gasto de una importante cantidad de dinero en el nuevo acelerador en construcción, gracias al cual se podrían estudiar las interacciones fundamentales entre las partículas elementales. Al ser preguntado por uno de los senadores si ello contribuiría a aumentar la seguridad nacional (lo que seguramente habría contentado a los miembros del comité del Congreso), él respondió sinceramente que no. Al contrario,  

Solo tiene que ver con el respeto con el que nos tenemos unos a otros, la dignidad de los hombres, nuestro amor por la cultura. Tiene que ver con: ¿somos buenos pintores, buenos escultores, grandes poetas? Me refiero a todas las cosas que realmente veneramos y honramos en nuestro país y son patrióticas. En ese sentido, este nuevo conocimiento tiene mucho que ver con honor y país, pero no tiene nada que ver directamente con defender nuestro país salvo ayudar a hacerlo digno de defender.

El 20 de enero de 2017 pasará a la historia como el día en que Donald Trump tomó posesión del cargo de presidente de los Estados Unidos. 

Presidente Trump, un consejo. Haga que Estados Unidos sea un país digno de defender, en el sentido que decía Robert R. Wilson. 

Dudo que lo consiga. Pero la esperanza es lo último que se pierde.

P.D.- Puedes leer la declaración completa de Wilson ante el Congreso en este enlace. No tiene desperdicio. 

BIBLIOGRAFÍA:

Krauss, Lawrence M., La historia más grande jamás contada...hasta ahora. Pasado & Presente, 2016.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Reseñas HdC: La Historia Más Grande Jamás Contada...Hasta Ahora

(Esta entrada se publicó primero en Hablando de Ciencia.)

LA HISTORIA MÁS GRANDE JAMÁS CONTADA...HASTA AHORA
Autor: Lawrence M. Krauss
Editorial: PASADO Y PRESENTE, S.L.
Traductor: Javier García Sanz
Colección: ENSAYO
Año: 2016
Páginas: 326
ISBN: 9788494495083
PVP: 24 €



SINOPSIS
"En el principio fue la luz. Y también, y mucho más importante, la gravedad". Así comienza Lawrence Krauss su esperado nuevo libro. Desde ese punto inicial y a partir de distintos versículos de la Biblia, Krauss irá descubriéndonos los secretos del mundo tal y como lo conocemos con la voluntad de alejarnos de las explicaciones no científicas o religiosas. Según Krauss hemos de abandonar la pregunta 'por qué' para sustituirla por 'cómo' ya que sólo a través de la comprensión de los complejos mecanismos que gobiernan el universo (la luz, las fuerzas magnéticas y gravitatorias, etc...) podemos descartar definitivamente teorías de diseños inteligentes, creadores omniscientes y realidades no demostrables. A medio camino entre la física y la filosofía, Krauss nos enseña a mirar el mundo desde una óptica nueva que revalida el papel del conocimiento humano.

RESEÑA
Han pasado ya cuatro años desde que Lawrence Krauss publicara su anterior libro, Un universo de la nada. En aquella ocasión, el autor describía cómo los descubrimientos cosmológicos de los últimos cien años han cambiado nuestra comprensión del universo a gran escala. Este cambio ha llevado a la ciencia a abordar la pregunta "¿por qué hay algo en lugar de nada", que previamente era territorio religioso.

En su nuevo libro, La historia más grande jamás contada...hasta ahora, Krauss explora de forma magistral el otro espectro de nuestro conocimiento, la naturaleza en sus escalas más pequeñas, y sus implicaciones para entender una pregunta trascendental para nuestra existencia, "¿por qué estamos aquí?". El resultado es un libro fabuloso, que transmite pasión y amor por la ciencia, en concreto por la física. Un libro que, por cierto, ha revisado página a página el escritor Corman McCarthy, amigo de Krauss, lo que da una idea de su calidad. En poco más de 300 páginas, el autor consigue demostrar que la historia más grande jamás contada no es la de la Biblia, como han intentado hacernos creer las películas de Hollywood. Es la de aquellos que se aventuran a explorar la realidad oculta que subyace tras nuestra experiencia cotidiana. En palabras de Krauss,
"las mejores historias nos desafían. Nos hacen vernos de forma diferente, realinear nuestra propia imagen y nuestro lugar en el cosmos. Esto no solo es cierto de la mejor literatura, música y arte. También es cierto de la ciencia."
Sin duda, un libro muy recomendable para regalar en estas fechas tan señaladas, no solo a los amantes de la divulgación científica, sino también a los apasionados de las grandes epopeyas.

Lawrence M. Krauss (Nueva York, 1954) | Fuente

Lawrence M. Krauss es un físico teórico y cosmólogo educado en el MIT (Massachusetts Institute of Technology). Miembro de la Harvard Society of Fellows, ha sido profesor de física en al Universidad de Yale y presidente del Departamento de Física en la Universidad Case Western Reserve. En la actualidad dirige el proyecto Orígines en la Universidad de Arizona. Sus investigaciones sobre el universo primitivo, la materia oscura y la astrofisica de neutrinos ha recibido numerosos reconocimientos, como el Presidential Investigator Award (1986), el Premio Julius Edgar Lilienfeld de la Sociedad Norteamericana de Física (2000) o el Premio Andrew Gemant del Instituo de Física de Estados Unidos (2001). Con más de trescientas publicaciones científicas, es autor de diez libros, entre los que destacan La física de Star Trek (1996) y Un universo de la nada (2012). Es además protagonista, junto al biólogo y divulgador Richard Dawkins, del documental The Unbelievers, donde ambos científicos viajan por el globo en defensa de la ciencia y la investigación frente a la superstición y la religión. La revista Scientific American le ha consagrado como un intelectual de la ciencia de rango extraordinario.

El libro está dividido en 23 capítulos, agrupados en tres grandes partes: GÉNESIS (diez capítulos), ÉXODO (seis capítulos) y APOCALIPSIS (siete capítulos). Todos los capítulos están encabezados por una cita bíblica y suelen tener como protagonista a un científico en particular. Krauss tiene la habilidad de presentarnos a los científicos con unas breves pinceladas biográficas plagadas de anécdotas que hacen la lectura muy amena. La lista es muy selecta: Michael Faraday, James Clerk Maxwell, Albert Einstein, Werner Heisenberg y un largo etcétera. Todos ellos tienen algo en común y es que cambiaron para siempre nuestra visión del universo que nos rodea. Con todo merecimiento, ellos forman parte de la historia más grande jamás contada...hasta ahora.

El mito de la caverna, dibujado por Markus Mauer | Fuente

La primera parte, GÉNESIS, empieza con la presentación del mito de la caverna de Platón, como alegoría de lo que sucede con la ciencia. Los científicos también ha tenido que "escapar de los grilletes de nuestra propia experiencia anterior para descubrir profundas y bellas simplificaciones y predicciones que pueden ser tan aterradoras como maravillosas". En los siguientes capítulos repasaremos los avances científicos más destacados centrados en la luz y su naturaleza durante los últimos tres siglos. Empezando por la teoría corpuscular de Newton hasta la relatividad de Einstein, pasando por la teoría electromagnética de Maxwell, la física cuántica de Planck y Heisenberg y los diagramas de Feynman. Tiene mucho mérito contar todos estos logros, que aparecen en tantos libros de historia de la ciencia, y que siga resultando atractivo y fresco. Me han gustado especialmente los diagramas que acompañan a la relatividad de Einstein, tan sencillos como efectivos a la hora de ayudar al lector más profano en la materia.

Descubrimiento del positrón en una cámara de niebla (1932) | Fuente

La segunda parte, ÉXODO, se centra en las dos interacciones fundamentales de la naturaleza que tienen un radio de acción más pequeño: la interacción fuerte y la interacción débil. Todo empieza durante la década de 1930, después del descubrimiento del positrón, el neutrón y el neutrino, a los que le siguieron una auténtica cascada de nuevas partículas elementales. La física se estaba haciendo tremendamente complicada y los científicos estaban confundidos. ¿Cuál era la naturaleza del núcleo atómico y cómo se mantenía unido? ¿Por qué se producían algunas reacciones nucleares como la desintegración beta? Dos décadas después, sin embargo, la niebla empezó a levantarse para dejar paso a uno de los periodos más fructíferos de la física del siglo XX. Entre 1954 y 1974, los físicos "nos llevaron, no sin turbulencias, del caos al orden, de la confusión a la confianza, y de la fealdad a la belleza". De ahí acabó surgiendo el llamado modelo estándar, la mejor teoría que tenemos hasta ahora de la física de partículas.

El bosón de Higgs, captado por el LHC en 2012 | Fuente

La tercera parte, APOCALIPSIS, describe cómo se comprendieron por fin algunos de los misterios relacionados con el núcleo atómico. Se descubrieron los quarks, las partículas elementales de las que se componen protones y neutrones, gracias a los cuales el núcleo atómico se mantiene unido. La interacción electromagnética y la débil se unificaron en una sola teoría electrodébil a altas energías. Para seguir explorando la naturaleza a escalas pequeñas se hizo necesario aumentar la energía de los experimentos. Empezaron a construirse aparatos más grandes y sofisticados, hasta llegar a los aceleradores de la actualidad, como el LHC del CERN, "las catedrales góticas del siglo XXI", según Krauss. Todo esto culminó en 2012 con uno de los mayores logros de la humanidad: el descubrimiento del bosón de Higgs, responsable de la masa de las partículas que existen en la naturaleza. Pero la física de partículas no ha finalizado con el bosón de Higgs, ni mucho menos. Aún quedan muchos enigmas por resolver, como la unificación de todas las interacciones de la naturaleza en una sola, la naturaleza de la materia oscura o la existencia de la llamada supersimetría.

El maravilloso epílogo termina con la que seguramente es la mayor lección que se puede extraer de este libro imprescindible: las mejores partes están aún por escribir. En ciencia, los libros más grandes no son los del pasado, sino los del futuro.